Sí, así mismo. Mi Ego, con el cual ya habíamos logrado una sintonía casi perfecta, parece haber aprendido nuevos trucos. Normalmente soy capaz de reconocer cuándo va a salir a defenderme o a recordarme su presencia en cualquier situación. Sin embargo, en varias ocasiones me he percatado de algo curioso: no he sido yo quien ha manejado las situaciones, sino él.
Ese descubrimiento abrió un espacio de reflexión. Me llevó a preguntarme, desde un lugar más profundo:
¿Será que mi Ego realmente aprendió trucos nuevos, o soy yo quien está integrando aspectos de él?
¿Es él quien se transforma, o soy yo quien está expandiendo su conciencia y tomando características que antes solo le atribuía a él?
A veces, la línea entre el Ego y la esencia se vuelve tan fina que lo que antes parecía una reacción automática ahora se siente como una respuesta más sintonizada. Tal vez no es el Ego cambiando… tal vez soy yo evolucionando.
Sabemos que el ego es parte de nuestra personalidad y siempre está presente. También, en momentos, sale para defendernos o para recordarnos lo que “debimos haber hecho” cuando no lo hicimos, o simplemente para decirnos “te lo dije”. Al menos, estas son algunas de las características de mi ego.

El haberme percatado de esto me llevó a hacer una retrospección sobre cuáles fueron las situaciones que tuve que manejar y cómo reaccioné ante ellas. Es aquí cuando noto que no se trata de trucos nuevos de mi Ego. Por el contrario, estas son actitudes validadas por los cambios constantes en mi entorno. Actitudes como la confrontación inmediata, la indiferencia ante la estupidez o el desentendimiento frente a comentarios vacíos forman parte de mi personalidad, no de mi Ego.
La confrontación inmediata se ha convertido en una forma de proteger la armonía de mi espacio interior. Es como un guardián que se activa para evitar que mi entorno se vea, se escuche o se sienta alterado. Al hacerlo, impide que las vibraciones ajenas —especialmente aquellas cargadas de confusión o pesadez— interfieran con las energías que sostienen mi equilibrio.

De alguna manera, esta respuesta rápida limpia el campo antes de que algo pueda enraizarse. Es un acto de preservación: no permitir que terceros dañen mi espacio sagrado ni perturben la corriente de energía positiva que lo rodea y lo nutre.
La indiferencia ante la estupidez se ha convertido en una forma de preservar mis energías. Al elegir no responder, protejo mi tiempo, mi paz y mi frecuencia. Comprendí que no todas las voces merecen mi atención, y que algunas vibran tan bajo que cualquier intento de diálogo solo mueven mi luz hacia un terreno que no me corresponde.
Una vez escuché la frase: “si discutes con un estúpido, al final de la discusión, son dos estúpidos discutiendo”. Y aunque suene fuerte, encierra una verdad energética profunda: cuando entro en ese juego, cedo mi poder, permito que mi entorno se contamine y dejo que mi conciencia se mezcle con lo que no aporta.

Por eso, dentro de mis nuevas herramientas espirituales, está la capacidad de ignorar la estupidez. No desde el orgullo, sino desde la claridad. No es el rechazar, por el contrario, se trata de se trata de salvaguardarme y protegerme. Es una forma de honrar mi vibración, de mantener mi espacio limpio y de recordar que no toda batalla merece mi presencia.
El desentendimiento ante comentarios vacíos se ha convertido en una forma de honrar mi energía. Al elegir no responder, protejo mi paz interior y evito que mi atención, la cual es sagrada se disperse en palabras que no nutren ni mi camino ni mi espíritu. Comprendí que no todo merece ser escuchado, y que hay voces que simplemente resuenan en un nivel que ya no corresponde a mi frecuencia.
Tengo mejores lugares donde colocar mi presencia, así que no invierto ni un minuto en aquello que no aporta luz. A veces basta con un suave “Disculpa, me tengo que retirar”, que en realidad significa mi alma no vibra con lo que estás diciendo. O un “Me acordé de que tengo algo importante que hacer”, que en su traducción energética sería si sigo aquí, mi Ego va a querer intervenir.
Son pequeñas frases, pero funcionan como puertas: las abro para salir con elegancia y las cierro para mantener mi espacio limpio. Es un acto de autocuidado espiritual, una forma de recordarme que mi energía es valiosa y que no todo merece acceso a ella.

Con esto te puedo decir que no son trucos nuevos; es mi personalidad expandiéndose, ajustándose y evolucionando para proteger la pureza de mi espacio interno. Es una transformación natural, casi orgánica, que me permite mantener mi entorno limpio, armónico y funcional.
Es como si cada experiencia hubiera pulido una parte de mí, revelando una versión más consciente, más alineada y fiel a mi esencia. No es el Ego disfrazándose: soy yo integrando nuevas formas de presencia para sostener la energía que quiero habitar.
Y tu que esta leyendo este artículo, ¿Ya descubriste los nuevos trucos de tu Ego, o son nuevas aptitudes tuyas? déjame saber en tus comentarios.
Juan M Ayala
Master Neurocoach















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