Hay momentos en los que decimos: “Estás llegando a mi límite de tolerancia”. Sin embargo, ¿es eso verdad? ¿O simplemente el dolor de callar lo que sentimos se ha vuelto intolerable?
Yo solía decir que tenía un límite de tolerancia para muchas cosas, pero no era así. En realidad, estaba callando cosas que me dolían para no hacer sentir mal a otros. Y la vida —la comunicación, las relaciones, el respeto propio— no se trata de callar para no ofender o incomodar. Se trata de reconocer que, si algo no te gusta, no te gusta. Si sientes que te faltan el respeto o que algo va en contra de tus valores, entonces, simple y sencillamente, eso que está ocurriendo no va contigo.
Esto no significa que vayas por la vida corrigiendo a cada persona que hable o actúe diferente a ti. Por el contrario, significa que cuando una acción, conversación o gesto vaya dirigido hacia ti —y entiendas que ha llegado a tu límite de tolerancia, aun respetando el modelo de mundo de la otra persona—, es ahí donde corresponde hacer saber que esa actitud, ese lenguaje o esas acciones no son aceptables para ti.
Te puedo hablar de dos situaciones que manejé de formas diferentes, pero con el mismo propósito: honrar mi energía y dejar claro cuál era mi límite de tolerancia, ese espacio interno donde el alma pide respeto.
En una ocasión, esta persona, de manera constante y repetitiva, se dirigía a mí con un tono ofensivo (según mi percepción), y aquello comenzó a incomodarme profundamente. Siempre he tenido la tendencia de ser profesional, educado y respetuoso de los modelos de mundo de los demás. Pero hay seres que interpretan la calma como debilidad, y la nobleza como un terreno disponible para invadir. Con el tiempo, he aprendido a reconocerlos desde lejos, casi como si su energía anunciara su llegada.
A esta persona, que había sobrepasado mi límite de tolerancia —un límite que yo mismo había permitido cruzar por querer mantener la armonía—, ese día le hablé desde un lugar distinto: “Perdona si la primera vez que nos conocimos te di a entender que podías hablarme y tratarme de esa manera. Agradeceré que me respetes de la misma forma en que yo lo hago contigo. Eso se llama ser profesional, no un parapeto. Gracias”. Y seguí mi camino, ligero, como quien recupera un pedazo de sí mismo.

En otra ocasión, la persona tenía una personalidad fuerte; su forma de expresarse era de mal gusto y ofensiva (al menos para mi Ego, y ese no se las deja pasar a nadie). Cuando la vi acercarse ese día, algo dentro de mí dijo: “Hoy se acaba esto”. Era mi Ego hablando, sí, pero también era mi dignidad pidiendo espacio.
Recuerdo que, apenas comenzó su monólogo de poder, lo interrumpí con calma y firmeza: “Hoy no tengo las herramientas emocionales suficientes para manejar una conversación contigo. Agradeceré que me respetes y midas la forma en que te diriges hacia mi persona”.

“Interrumpir un monólogo de poder es honrar el silencio sagrado de tu interior.”
En ambas situaciones me di a respetar. Quité la mala interpretación que tenían de mí y dejé claro que el respeto es uno de los valores más grandes e importantes que existen. Tenerlo abre puertas, crea conexiones auténticas y amistades que duran toda la vida. No tenerlo, en cambio, te aísla de las personas y te aleja de la grandeza de ser recordado por tus buenos gestos.
Para terminar, sobrepasar tu límite de tolerancia puede hacer que pierdas la esperanza en un mundo lleno de personas que, al igual que tú, buscan lo mejor de cada uno. Un “Futuro Apremiante”, como solía decirnos mi profesora de Neurocoaching.
Y tú, que estás leyendo este artículo, ¿ya estás listo para identificar si es tu límite de tolerancia o si estás callando con dolor?
Juan M Ayala
Master Neurocoach














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